Llovía mucho, incluso más que ahora, o me lo parecía a mí en ese momento. A lo largo de la carretera de tierra que bordeaba el Peñón de Ifach con la playa del puerto de Calpe, se amontonaban las pilas de troncos de madera de olmo, pino negral de los montes de Hellín y Cuenca, plátano, higuera que se utilizaba en la construcción de las bocinas de ejes, y las chumaceras de los timones, por su resistencia a la fricción, lo que hoy es el teflón, y los grandes troncos de árboles de enorme diámetro provenientes de Guinea, Congo, etc.

Todos estaban separados por sus medidas y formas, cada especie en su pila, cada pieza cumpliría  una función especifica en la construcción de los barcos de pesca, bien por su dureza, su maleabilidad, o sus extrañas formas, por ejemplo las que tenían  curvas muy pronunciadas se adaptarían para  construir las cuadernas. Los troncos de pino negral, se convertirían en enormes tablones para poder darle las formas inverosímiles del forrado del pantoque,  las maderas tropicales con mayor densidad y dureza se utilizarían  en la quilla,  roda y codaste del barco.

La carretera estaba llena de charcos todo el invierno, quizá por la umbría del imponente Peñón, el sol en invierno tardaba más horas en dar calor a esa zona, el sol declinaba hacia el Sur en su ascenso y lo veías aparecer a mediodía, por detrás de la roca. En  verano era todo lo contrario, calentaba de buena mañana, era como si no te quisiera ayudar.

Yo tendría apenas 7 años, vivía con mis padres cerca del Astillero, tan pronto podía me escapaba a ver trabajar a los calafates, carpinteros y pintores, a veces llegaba con los zapatos llenos de barro y con los pies mojados, mi querido hermano mayor Pedro, me quitaba los calcetines y me vendaba los pies con estopa,( hilo de cáñamo con aceite de linaza que servia para calafatear las juntas), para calentarme mis ateridos pies,  recuerdo que ese olor de la estopa que me acompañaba todo el día, como también la mezcla de olores fuertes, un espeso  alquitrán que se calentaba en bidones en una hoguera  para poder aplicarlo como protección  de la madera  en la sentina del barco, el suave olor de la madera recién aserrada, cada especie tenía un sonido diferente y yo adivinaba qué tipo de madera era por el olor y el sonido de la máquina aserradora. Recuerdo que si era tropical la maquina emitía  un gemido al atravesar el tronco lentamente al ser muy dura, si era pino su sonido era más musical con más ritmo, un mundo impresionante de sensaciones que se colaban dentro de ti por los olores y sonidos,  que siempre recuerdo.







https://juanbelliure.wordpress.com/2015/11/10/anecdotas-de-los-astilleros-belliure/